Club Deportivo Caspe
 

Temporada 1983/84


De nada valen los antecedentes. "Aquellos que desconozcan su historia están condenados a repetir sus actos", escribe la cita y el Club Deportivo Caspe, como prepotente semidiós, hace mutis por el foro. Roberto Gracia Miñana ha empleado la mitad de su mandato para experimentar cuál es el mejor modo de dirigir una sociedad deportiva y sus dos primeros años han deparado fórmulas diferentes e indeterminadas. En la primera Temporada se apuesta por la continuidad. Al año siguiente, se renueva la filosofía de Club y se altera su función fichando un número importante de efectivos foráneos, mas el fiasco está por llegar: la actual dará con sus huesos en la mazmorra de la tabla.

El PSOE gobierna Caspe desde el Ayuntamiento y ocupa los puestos de mayor notoriedad en la ciudad, entre ellos el primer equipo de fútbol. Pero la política deportiva aplicada por la Junta del Club no convence en el seno municipal. Se está conformando la sustitución del viejo campo de tierra del Plano por un espacio verde, moderno y funcional en la partida Rosales y el fruto ofrecido por la dirección de la entidad es incierto. La permanente del grupo socialista necesita acumular activos para la puesta de largo de la operación urbanística y se hace imprescindible una diferente actitud.

"El Caspe arrastraba un importante déficit económico... -recuerda Joaquín Cirac García, secretario del Club y pieza importante en el orden político del momento-, desde el Partido no se anuncia el disgusto por la marcha del equipo, pero subliminalmente le llega a Roberto la opción de procurar un giro a su cometido, cuenta para ello con el respaldo del Ayuntamiento porque Mariano prefería la promoción de los chavales del pueblo". La idea es doblemente tenida en cuenta por el presidente y acepta en la Junta a Antonio Lapuente Peralta. El círculo se cierra y el Club Deportivo Caspe va a sustanciar una nueva alternativa, "la verdad es que no había una planificación adecuada y, sencillamente, se funcionaba por impulsos".

El difícil equilibrio entre lo accesible y lo permisible alcanza su máxima cota. El mapa de la realidad queda claro y diáfano: el Partido fija su posicionamiento y aporta determinadas vías de salida a través de ayudas institucionales (viajes, verbena, subvención...). El Club no hace asco a las recomendaciones y sigue el dictado propuesto desde el poder fichando a un técnico joven que no disgusta a la máxima autoridad local. Todo es perfecto, lástima de un imprevisto, la competición marcará su dictadura particular.

Roberto Gracia Miñana coincide con un antiguo compañero de profesión y afición -Manuel Iguacel Sánchez- que tiene un hijo entrenador y ya ha demostrado sus aptitudes en el deporte comarcal: "Había estado un año en La Zaida y dos en Gelsa, equipo al que ascendí de categoría", buena carta de presentación ante la modestia económica ofertada que acerca posturas hasta llegar al acuerdo definitivo, "emocionalmente mi padre recordaba su paso por el Caspe e influye en mi decisión. No fue fácil porque me ofrecieron un equipo de la Ciudad Deportiva y eso, por conocido, significa promoción".

Manuel Iguacel Linares opta por entrenar al Club cuyos colores había defendido su progenitor y acepta la invitación con la seguridad de no equivocarse, "me dijeron que tendría un equipo compensado, a caballo entre la juventud y la veteranía pero me encontré un grupo de críos con ilusión y sin experiencia". Antonio Llop Estopiñán refuerza la teoría del preparador, "pasó en bloque el Compromiso al Caspe". Joaquín Cirac García, por su parte, reconoce el yerro mediatizado por la tesorería, "quizá lo más sensato hubiera sido coger a los cuatro mejores elementos del año anterior y buscar una base con enjundia para la inauguración de Los Rosales". No se hace así, no hay dinero para pagarles y se tira por tierra la enseñanza gratuita y el trabajo de aprendizaje a los jóvenes fichajes precedentes, "además, Iguacel no tenía cuadra de jugadores y vino al Caspe pelado de efectivos".

El trabajo del técnico no muere en el olvido de sus ex pupilos. El aprecio resalta en las palabras evocadas por quienes fueron poseedores de una ilusión compartida. Así, el primer capitán del equipo, José Manuel Ferrero Dolader, señala, "Iguacel destacó por sus profundos conocimientos en la preparación física. Fue una pena, al marchar me lo perdí". Enrique Herrero Barberán, portero, dice con resignación, "nos llevaba al Guadalope para entrenar", y el jovencísimo Fernando Fontoba Fandos, lesionado en el primer partido de Liga (fractura de ligamentos) resume en tres palabras, "empezamos como motos". Efectivamente, el técnico, preocupado por esta parcela, viaja todo el año a Caspe, "... al principio tres días a la semana hasta que lo dejamos en uno solo".

Manuel Iguacel Linares es una pieza más en el engranaje que arroja al equipo al descenso de categoría, aun así, no recuerda con desdén su trabajo, "al contrario, fue un reto continuo para mí. Aprendí mucho porque buscaba constantemente vías de solución. Nuestros defectos eran bien conocidos: la lesión de Herrero nos dejó sin portero hasta que vino Portal y en el medio faltaba un director. Recurrimos a los veteranos pero estaban lesionados y el revulsivo fue más moral que práctico". No obstante, en Iguacel subyace un profundo sentimiento de fatalismo, "percibí que todo terminaba y era el encargado de pasar la página. El último año del campo parecía cerrar una etapa definitiva que daría paso a un algo distinto y supremo. La gente lo entendió perfectamente y no protestaron en demasía, fueron generosos y comprensivos".

La gráfica de la campaña evidencia la fragilidad del proyecto. El C.D. Caspe comienza su andadura sumando puntos, empates en Mequinenza y en casa frente al Calatayud, para seguir con una serie de pobres resultados que muy pronto le abocan al pozo de la clasificación. Observa un ligero repunte hacia mitad del Campeonato pero fija, a partir de entonces, un puesto en propiedad entre la decimoctava y decimonovena posición.

Paso a paso, el recorrido del equipo a través de los meses decanta sus mejores virtudes descubriendo un poso negruzco, anarquía de la función primordial, no otra, que la de perseguir un fin común. Las relaciones entre plantilla y directiva se enfrían progresivamente y el cinturón económico aprieta, como casi siempre, a los más indefensos. José Manuel Ferrero, en su calidad de capitán, habla con el presidente, "aquello no funcionaba, incluso nos teníamos que lavar la ropa". Como quiera que el planteamiento no fructifica, el jugador se despide tras el Caspe-Alcañiz. Manuel Iguacel aporta otro matiz al reparto de gastos, "en mi etapa con el Gelsa pude observar cómo todo el mundo colaboraba, sin embargo, en el Caspe, por cualquier motivo pasaban el recibo: marcar el campo, taquillas, masajista, etc. Transcurrido el tiempo, sólo me han dejado huella por su competencia desinteresada, además del presidente, Antonio Llop, que era el delegado, y Merche Montañés, la secretaria".

La marcha deportiva del Caspe alarma por su negativa regularidad. Los refuerzos son fútiles y las alternativas se agotan. No queda sino echar la vista atrás. Mariano Gómez, alcalde, y Roberto Gracia, presidente, mantienen una persuasiva reunión con cuatro jugadores veteranos que no hace mucho estaban en la nómina del Club, "albergábamos todavía tanta sed de fútbol que no necesitaron súper-razones para convencernos", en opinión de Mariano Solán Vallespí. Javier Morano Pina destaca, "el lunes nos convocaron y al domingo siguiente ya viajaba a Teruel". "El reto estaba ahí, debíamos salvar la encrucijada y era agradable que se acordaran de nosotros", añade Antonio Moliner Vaquero, para terminar Manuel Cortés Maza, "además contábamos con el aliciente de ocho mil pesetas por partido".

La buena nueva desata una cierta expectación, se ganan dos partidos seguidos en casa pero resurgen las antiguas causas por las que habían abandonado su fértil paso por el balompié local: las lesiones se reproducen e impiden prolongar el acuerdo. Moliner precisa una operación para curar la rodilla que no le perdona y Solán sufre un fuerte esguince del tobillo. Sólo terminan la Liga Moreno y Cortés, este último con muchas molestias en un pie.

El técnico mantiene viva hasta el final la llama de la esperanza, "tuvimos ocasión de salvar lo inevitable, pero la derrota con el Arenas fue clave para nuestras aspiraciones". El triunfo sobre el Oliver acerca el milagro, quedan dos rivales mal clasificados, un partido de rivalidad por cercanía geográfica en el que podía pasar de todo y un escollo muy complicado, auténtica final en el último domingo de mayo. El sueño queda en sueño y el despertar torna tristeza. El C.D. Caspe pierde con Peralta y Arenas, también lo hace en Fraga, donde asiste con sólo diez jugadores y Miguel García Gil, que sube al autocar cuando está presto para salir. Por fin, recibe a un Teruel rodeado de seguidores que aspiran al ascenso a Segunda, es la hora bajoaragonesa, ganan por goleada y cumplen objetivo. Su entrenador, el caspolino Bienvenido Callao Navales, obtiene en su pueblo natal el pasaporte del ascenso.

La visita del Teruel baja la persiana de la temporada. Consumado el descenso, se impone una severa reflexión, la fórmula aplicada este año tampoco ha dado los frutos esperados. Mientras, la tesorería no es ajena al descalabro deportivo. Los jugadores no perciben todo lo convenido, "al año siguiente entrábamos gratis al fútbol", recuerda Javier Moreno, y el entrenador Manuel Iguacel también queda expectante de sus honorarios, "entre unas cosas y otras, dejé el Club sin explicaciones y sin despedidas".

La crisis cobra otras piezas igual de valiosas, así, Joaquín Berges Amorós cuelga las botas y los cuatro veteranos, reclamados en el mes de enero, acusan la discontinuidad competitiva tanto físicamente como en su fuero interno. Antonio Moliner Vaquero se siente especialmente molesto, "el presidente insinuó en una Asamblea de Socios que mi retirada no era causada por prescripción facultativa, y después de trece años defendiendo la camiseta del Caspe me dolió mucho porque era incierto". En un aspecto puramente anecdótico, ninguno de ellos tiene la suerte de pisar el nuevo césped ya que su retirada coincide con el cambio de campo. El futuro queda reservado a los jóvenes como José María Rojas Pérez (17 años) o a los jugadores semiexperimentados como José Manuel Samper Mendoza (pichichi con 27 goles), que se inclina por seguir en el Caspe a pesar de recibir ofertas del Teruel y Alcañiz.


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